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Su último saludo

Las aventuras de un detective retirado

El pabellón Wisteria

The Wisteria Lodge. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, agosto de 1908.

Esta sorprendente aventura en la que Doyle se inspira en el dictador de una república caribeña fácilmente reconocible, consta de dos capítulos: “El extraño suceso ocurrido a Mister John Scott Eccles” y “El tigre de San Pedro”.

En la primera parte, que en origen dio título al relato, Watson narra la llegada de un misterioso telegrama al que Holmes “garrapateó en el acto la contestación”. Siguen las extrañas disquisiciones de Holmes sobre la palabra “grotesco”. Explica el detetive cómo, en su dilatada carrera, lo grotesco se convirtió con frecuencia en criminal. Todo viene a cuento del extraño telegrama recibido por Holmes: “Me ha ocurrido un incidente increíble y grotesco. ¿Puedo consultar con usted? Scott Eccles, oficina de Correos de Charing Cross.” Como de costumbre, acto seguido, irrumpe en el 221-B de Baker Street el remitente del telegrama, que resulta ser un circunspecto aunque algo alterado caballero inglés. Cuando Eccles comienza a explicar el increíble y grotesco suceso, aparecen los inspectores Gregson de Scotland Yard y Haymes de la policía de Surrey para detenerle por el asesinato de un tal Aloysius García, del pabellón Wisteria. Aunque pronto se aclara la inocencia del atribulado señor Eccles, sigue siendo un misterio la muerte de Aloysius García, un caballero español un tanto extravagante. La única pista disponible es un telegrama: “Nuestros colores son verde y blanco. Verde, abierto; blanco, cerrado. Escalera principal, primer pasillo, séptima a la derecha, bayeta verde. Buen viaje, D.” La muerte de García en el paque comercial de Oxshott parece consecuencia del misterioso mensaje. Pronto, la policía detiene a un monstruoso personaje, criado de García, como autor del delito.

En la segunda parte del relato, Watson narra la investigación del caso por parte de Sherlock Holmes, que no está convencido de la culpabilidad del detenido. Finalmente, Holmes descubrirá la verdad. Un poderoso terrateniente llamado Henderson, cuya personalidad encubre a Don Juan Murillo, un malvado y cruel dictador denominado “el tigre de San Pedro”, es el autor. El pobre García ha encontrado la muerte cuando proponía vengarse del odiado Murillo. Una vez más, la muerte favorece a los asesinos que logran huir, pero Watson pone las cosas en su sitio al recordar que, años más tarde, recibieron su merecido.

Los planos del Bruce-Partington

The Bruce-Partington plans. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, diciembre de 1908.

Watson nos sitúa en la tercera semana de noviembre de 1895. Londres lleva cuatro días bajo una densa niebla cuando llega un sorprendente telegrama a Baker Street: “Necesito verte a propósito de Cadogan West. Voy enseguida. Mycroft.” El anuncio de que su sedentario hermano abandone sus cuarteles es tan extraordinario, que sorprende al propio Sherlock Holmes. Pero el motivo no es para menos, pues han desaparecido los planos de un modernísimo submarino, el “Bruce-Partington”, de gran importancia estratégica, por lo que es fundamental que no caigan en manos de alguna potencia extranjera. La seguridad del país está en juego.

El responsable del robo parece ser Arthur Cadogan, un joven de 27 años, empleado en el arsenal de Woolwich, que ha aparecido muerto con parte de los planos en el bolsillo. El caso se complica con la muerte de Sir James Walter, alto funcionario responsable de la seguridad de los planos. El deshonor de su pérdida le ha costado la vida al anciano. La intervención de la novia de West, la señorita Violet Westbury, y la sagacidad de Holmes lograrán descubrir el complot en el que han intervenido el espía Hugo Obertstein y el propio hermano de Sir James, el coronel Valentin Walter. La rápida intervención de Holmes logra detener al culpable, recuperar los planos y devolver su buen nombre a Cadogan West, muerto en acto de servicio.

Conan Doyle, que odiaba a los traidores, pondrá en labios del coronel Walter una excusa que agrava su deshonor al achacar al alemán la causa de su ruina. Watson termina el relato mencionando una visita de Holmes a palacio, de la que regresa con un precioso alfiler de corbata con una esmeralda, regalo de “una encantadora dama”.

El pie del diablo

The Devil’s Foot. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, diciembre de 1910.

Al principio del relato Watson reflexiona sobre la personalidad de Holmes: “Su espíritu misántropo y burlón aborrecía todo lo que fueran aplausos populares.” Holmes está retirado y no le place en absoluto que Watson siga dando publicidad a sus hazañas. Pero un día el doctor recibe un telegrama de Holmes “¿Por qué no les relata el horrible caso de Cornish, que es el más extraordinario de cuantos he manejado?” En un voluntario retiro, Holmes debía rememorar de vez en cuando los sucesos pasados, y hasta a los más modestos les cuesta resistirse al aplauso cuando se ha gozado de él tan generosamente. Una vez más, Watson obedece y, como dice él mismo, “antes que otro telegrama pueda venir a cancelar el anterior”, se apresura a dar forma a las notas tan celosamente guardadas.

Resumen: Nos encontramos en la primavera de 1897, y siguiendo las indicaciones del doctor Moore Agar, Holmes se ha tomado un período de descanso en Cornwall. Un buen día acontece algo que la prensa de toda Gran Bretaña denominaría “el espantoso suceso de Cornwall”. En la pequeña aldea de Tredannick Wartha aparece el cadáver de la joven Brenda Tregennis junto a sus hermanos Owen y George, que ríen y gritan víctimas de la locura. Todo parece indicar que una diabólica visión ha precedido a la triple desgracia. Holmes se hace cargo de la investigación a instancias del vicario Roundhay y de Mortimer Tregennis, hermano de los anteriores. Pero todo se complica cuando a la mañana siguiente Mortimer, único sospechoso del suceso, aparece muerto en idénticas circunstancias. La causa de todo será un polvo obtenido de una planta, Radis pedis diaboli, o “raíz de pie del diablo”. Mortimer la había utilizado contra sus hermanos, y Leon Sterndale, un famoso explorador que vivía una imposible historia de amor con Brenda, le hará pagar su muerte. Y también en esta ocasión, Conan Doyle aprovecha las circunstancias de la narración para arremeter contra la ley de divorcio inglesa.

El círculo rojo

The Red Circle. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, marzo de 1911.

En este relato, sin previa introducción, Watson nos sumerge en el laberinto de la acción. Los inquilinos del 221-B de Baker Street atienden la visita de la señora Warren, dueña de una casa de huéspedes. Al describir la actitud adoptada por Holmes ante la buena mujer, Watson hace una interesante observación: “Holmes tenía un lado accesible: el del halago; y para ser justo con él, otro más: el de la bondad”. Barómetro de los sentimientos de Conan Doyle hacia su personaje, Watson descubre con sus observaciones la careta con la que Holmes intenta ocultar su verdadero rostro.

Atendiendo las súplicas de la señora Warren, Holmes y Watson se acercan a su modesta pensión para intentar resolver el misterio de un huésped que paga principescamente su estancia pero que no se deja ver jamás. Ocultos, comprobarán que el misterio se agranda, ya que quien ocupa la habitación no es el caballero que la alquiló, sino una bella mujer. La habilidad y su insondable archivo le servirán a Holmes para desentrañar el misterio, descubriendo los mensajes que la bella dama recibe de su amado a través de los anuncios por palabras de un periódico. Holmes intervendrá, junto con Gregson de Scotland Yard y Leverton de la norteamericana agencia Pinkerton, para lograr la libertad de la bella dama y de su marido, quienes logran acabar con la terrible persecución de que eran objeto por parte de Giuseppe Gorgiarno, miembro del Círculo Rojo. La bella señora de Lucca impresiona vivamente al misógino Sherlock Holmes, que la define como “una mujer nada corriente”.

La desaparición de Lady Frances Carfax

The Disappearance of Lady Frances Carfax. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, diciembre de 1911.

La narración se inicia con Holmes riéndose amigablemente del doctor Watson, como siempre asombrado ante las dotes de deducción del detective. Los cordones de las botas de Watson son indicio suficiente para que Holmes deduzca que el doctor viene de los baños.

El relato narra cómo Holmes resuelve la desaparición de Lady Frances Carfax, una bella aristócrata de mediana edad que pasea su soledad por los lugares de moda de toda Europa. “Uno de los tipos más peligrosos que hay en el mundo es el de la mujer que ha perdido el rumbo y que se encuentra sin amigos”, comentará Holmes al respecto. Como en El perro de los Baskerville, Holmes envía solo a Watson, en este caso a Suiza, alegando que él no puede abandonar Londres en esos momentos. En el Hotel National de Lausana, Watson inicia el seguimiento de Lady Frances, lo cual le lleva a Baden Baden, en Alemania, y al regreser a Lausana tiene un enfrentamiento con un furioso personaje del que le salva la intervención de un disfrazado Holmes. El airado personaje resulta ser el honorable Philip Green, eterno pretendiente de Lady Carfax, que luego colaborará en la búsqueda. En el último momento, cuando estaba a punto de ser enterrada con vida, Holmes desenmascara a los compañeros de viaje de Lady Carfax: Henny Peter, conocido como “el Santo Peter”, y una malvada mujer que se hace pasar por su esposa. La historia acaba felizmente, aunque los malvados logran huir, lo que demuestra que Holmes estaba más interesado en salvar al bueno y desenmarañar el problema que se le presentaba que en hacer de policía. Holmes siempre prefirió la labor intelectual: buscar la solución y desaparecer.

El detective moribundo

The Dying Detective. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, diciembre de 1913.

Este relato posee dos características curiosas. La primera es que, por fin, la agradable señora Hudson, a la que Watson describe como “una mujer de inmensa paciencia”, tiene cierto protagonismo en el relato. En segundo lugar, Sherlock Holmes resuelve el caso sin abandonar sus habitaciones de Baker Street.

Un día brumoso de noviembre, durante el segundo año de vida matrimonial del doctor Watson, la señora Hudson visita al doctor, alarmada ante el estado de salud de Holmes. Una extraña enfermedad asiática está acabando con la vida del detective. Cuando Watson llega al 221-B de Baker Street, se encuentra a Holmes delirando, víctima de una extraña enfermedad de los culis de Sumatra, inevitablemente mortal y horriblemente contagiosa. Todos los intentos de llamar a un especialista son vanos. Holmes sólo confía en la intervención del señor Culverton Smith, una autoridad en la mencionada enfermedad. Watson logra que Smith acuda a casa de Holmes, donde se demuestra que la enfermedad era una artimaña para apresar al despreciable personaje por la muerte de Victor Savage. Ante las alabanzas de Watson a su magnífica interpretación, Holmes concluye: “He llevado hasta el fin esta simulación con toda la minuciosidad de un verdadero artista. Gracias, Watson.”

Su último saludo en el escenario

His Last Bow. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, septiembre de 1917.

Este relato, que iba a ser el epílogo de Sherlock Holmes, comienza de una forma poco usual: “Eran las 9 de la noche del día 2 de agosto, del más terrible mes de agosto de la historia del mundo.”

Dos alemanes, Von Bork, el más importante espía alemán en el Reino Unido, y el barón Von Herling, bromean con cierta prepotencia sobre los británicos. Conan Doyle aprovecha la ocasión, que él mismo se da, para criticar la insuficiente preparación de su país para la guerra que se avecina.

Los alemanes se hallan esperando la llegada de Altamont, un irlandés afecto a su causa, que les entragará el vital “código de señales de la Marina”. Pero cuando llega Altamont, resulta ser Sherlock Holmes en una de sus mejores caracterizaciones, que desbarata los planes de Von Bork y le detiene con la ayuda de Watson. Cuando lo lleva detenido, se permite la broma de que una posible huida del alemán podría dar nombre a un pub: “El prusiano ahorcado”. Mientras, se embolsa el cheque de quinientas libras que le ha dado el alemán.
Holmes, retirado desde hacía tiempo, había recibido la visita del primer ministro en persona, y había accedido a interpretar la farsa que haría caer al más peligroso espía alemán. El personaje de Altamont está claramente inspirado en Sir Roger Casement, un nacionalista irlandés y espía alemán al que Conan Doyle había defendido a través de los medios de comunicación.