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Las memorias de Sherlock Holmes

Los casos de éxito continúan

Estrella de plata

Silver Blaze. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, diciembre de 1892.

Las carreras de caballos siempre han tenido en el Reino Unido un significado muy especial. Más que un deporte y motivo de apuestas, son un acontecimiento social. Las grandes carreras, como las de Ascot o Epson, mueven a la flor y nata de la sociedad, y miles y miles de personas dedican la jornada entera a participar en algo parecido a una peregrinación o romería.

Por tanto, la desaparición de uno de los caballos de carreras más famosos de Inglaterra y el asesinato de su preparador pueden conmocionar a un país con semejante tradición hípica. “Silver Blaze” (“Estrella de Plata”) es el nombre del caballo desaparecido, y el relato comienza cuando Sherlock Holmes y el doctor Watson deciden atender la petición del inspector Gregory de Scotland Yard. Holmes define a Gregory como “extraordinariamente competente”, pero añade: “si tuviera imaginación, llegaría a grandes alturas en su profesión”.

Así pues nos encontramos con Holmes y su querido Watson camino de resolver el enigma de la desaparición de “Silver Blaze” y del asesinato de John Straker, su preparador. Durante el viaje, los dos amigos se ponen al día y, de paso, informan al lector sobre los acontecimientos previos. “Silver Blaze” pertenece al coronel Ross, propietario de las famosas cuadras de King’s Pyland, donde John Straker, al parecer un hombre de honestidad probada, trabaja como preparador. A dos millas de allí se encuentran las cuadras de Capleton, de Lord Backwater, amigo de Lord St. Simon y uno de los invitados a su boda en El aristócrata solterón. Backwater es propietario de “Desborough”, el gran rival de “Silver Blaze” en la Copa Wessex. Como presunto culpable es detenido un corredor de apuestas llamado Fitzroy Simpson.

Holmes da una rápida y sorprendente solución al caso logrando la devolución de “Silver Blaze” y esclarece la muerte de John Straker, víctima de su propio complot. En la carrera, Doyle hace un nuevo guiño al lector, ya que “Iris”, uno de los caballos, es propiedad del duque de Balmoral, padre de Lord St. Simon (El aristócrata solterón)

La caja de cartón

The Cardboard Box. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, enero de 1893.

Este relato apareció por primera vez en enero de 1893 en “The Strand” y un año más tarde en Las memorias de Sherock Holmes. Sin embargo, el revuelo que causó su publicación, por el tratamiento que da a las relaciones extramaritales y a la venganza, hizo que desapareciese de sucesivas ediciones de Las memorias de Sherlock Holmes. Pasados unos años, en 1917, apareció de nuevo en Su último saludo en el escenario, que es donde ha quedado encuandrado definitivamente.

En una breve introducción, Conan Doyle, de la mano de Watson, nos dice que resulta imposible separar lo sensacional de lo delictivo. En beneficio de la amenidad “el cronista se ve en el dilema de sacrificar detalles que resultan esenciales en su relato, dando de ese modo una impresión falsa del problema”.

A continuación Watson nos traslada a un día de calor abrasador de un agosto de finales de la década de 1880. Llega el inspector Lestrade, al que Watson describe como “tan marrullero, tan regordete y tan hurón como siempre”. El nudo del relato lo forma una caja de cartón que contiene dos orejas humanas y que ha recibido cierta venerable señorita. Holmes resolverá el problema con eficacia y, una vez más, los celos y el resentimiento aparecerán como los verdaderos culpables del doble asesinato mezclado de adulterio, violencia y lágrimas, que suponen la perdición del pobre Jim Brown.

Como detalle anecdótico, Watson cuenta cómo Holmes había adquirido su Stradivarius -valorado en quinientas guineas- a un cambalachero judío de Tottenham Court Road, por sólo cincuenta y cinco chelines.

El rostro amarillo

The Yellow Face. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, febrero de 1893.

Un marido enamorado y torturado por la duda es el protagonista de The Yellow Face (El rostro amarillo). Holmes y Watson reciben la visita de Grant Munro, un joven y próspero comerciante de lúpulo que, tras dos años de feliz matrimonio con su esposa Effie, observa un extraño comportamiento en ella, que le sume en un mar de dudas y celos.

Finalmente, lo que parecía un complot de venganza y chantaje que confunde al mismísimo Holmes, se nos presenta como una tierna historia de amor materno-filial.

El oficinista del corredor de bolsa

The Stockbroker’s Clerk. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, marzo de 1893.

El tercer relato de Las memorias de Sherlock Holmes es The Stock-broker’s Clerk (El oficinista del corredor de bolsa). Los malvados hermanos Beddington suplantan la personalidad de Hall Picroft, un joven escribiente, para introducirse es una famosa oficina de agentes de bolsa y perpretar un importante robo. La policía detiene al ladrón, y Holmes y Watson desenmascaran al otro hermano en Birmingham.

Cabe señalar en este episodio que es la primera vez que Sherlock Holmes va a buscar a Watson a su casa, puesto que normalmente es Watson el que visita a Holmes en Baker Street.

La corbeta “Gloria Scott”

The Gloria Scott. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, abril de 1893.

La “Gloria Scott” era una barca que conducía a un grupo de presos de Australia, y que naufragó debido a una explosión, durante un motín de los convictos a bordo. James Armitage, uno de los malhechores, se salva, y en compañía de otros presos recala en las costas de Nueva Zelanda, donde logra enriquecerse en las minas de oro. Años más tarde, regresa a Inglaterra tras haber cambiado su nombre por el de Trevor, para vivir como un rico y respetable ciudadano.

Sherlock Holmes, compañero de su hijo Victor en la universidad, recibe de éste el consejo de convertir en profesión sus habilidades de investigador, que Holmes considera como una entretenida afición, durante una visita que les hace durante las vacaciones. Tiempo más tarde, Holmes debe resolver el enigma de la muerte del padre de su compañero, debido a un ataque de apoplejía sufrido tras recibir un mensaje cifrado, temeroso del deshonor en el que ve sumir a su familia, tal como explica en una carta a su hijo.
La verdad es que el caso no es de los que más hayan impresionado a Watson, tal vez porque no lo vivió junto a Holmes sino que simplemente escuchó el relato de sus labios. A pesar de que el interés le hace decir a Holmes al final del relato: “Aquí tiene usted, doctor, los hechos relativos al caso, y si resultan de alguna manera útiles para su colección, le aseguro que los pongo cordialmente a disposición suya.”

El ritual de los Musgrave

The Musgrave Ritual. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, mayo de 1893.

Los Musgrave eran una de las familias más antiguas de Inglaterra, una de cuyas ramas se estableció en Hurlstone, en el oeste de Sussex. Sir Ralph Musgrave fue compañero de fatigas de Carlos II, y un descendiente suyo elaboró el ritual de la familia, que todos los primogénitos debían jurar al llegar la mayoría de edad.

Sir Reginald Musgrave, al que Sherlock Holmes describe como “compañero de colegio con el que mantenía un trato superficial”, contrata al detective para que investigue la desaparición de su mayordomo y de la segunda doncella. El caso es un borrón en el historial de Holmes, ya que cuando resuelve el enigma, íntimamente relacionado con el extraño ritual, ya es demasiado tarde y aunque encuentra la corona que los Estuardo habían encomendado a Sir Ralph Musgrave, la asesina logra huir al extranjero con el amargo recuerdo de su crimen.

El ritual de los Musgrave es el tercer encargo que recibe Holmes recién inaugurada su consulta, y Watson se limita a transcribir la relación que del mismo le hizo el detective años depués. Resulta difícil identificar al metódico y racional Holmes con el retrato que de él hace Watson al principio de la narración. El doctor lo describe como “uno de los hombres más desaseados que hayan podido constituir la desesperación de un compañero de habitación”. Watson le acusa de guardar sus cigarros en el cubo de carbón, de vivir enterrado entre montañas de papeles desordenados y de entretenerse, para matar el aburrimiento, en adornar las paredes con las iniciales V.R. dibujadas por agujeros de bala.
Conan Doyle, en un guiño al lector, sitúa el primer domicilio de Sherlock Holmes en Londres, en Montague Street, a la vuelta de la esquina del British Museum, curiosamente, en el mismo lugar donde Conan Doyle vivía a su llegada a Londres y donde, como Sherlock Holmes, tuvo que entretener sus abundantes ocios -en el caso de Doyle, escribiendo- a la espera de clientes que nunca acababan de llegar.

Los hacendados de Reigate

The Reigate Squires. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, junio de 1893.

Watson sitúa el relato en la primavera de 1887 cuando, tras recibir un telegrama, debe viajar a Francia en ayuda de su amigo Holmes. El detective ha visto quebrantada su salud por culpa del agotamiento, y se encuentra enfermo en un hotel de Lyon. Doyle, de la mano del doctor Watson, sorprende una vez más al lector mostrando al invencible Holmes presa de las limitaciones que acompañan a cualquier ser humano. Resulta difícil imaginar al indestructible e intrépido detective, capaz de pasar noches enteras sin dormir y de enfrentarse a los más peligrosos enemigos, abatido y sin fuerzas.

Tras su regreso a Londres, Watson acepta la invitación del coronel Hayter y ambos amigos se instalan en la casa que su anfitrión tienen en el campo, donde Holmes recuperará rápidamente sus fuerzas y resolverá un difícil rompecabezas. Un extraño robo, seguido del asesinato, en raras circunstancias, del cochero de la familia Cuningham, pone en vilo a los habitantes de Reigate.

Holmes, con su habitual astucia, con la ayuda del doctor Watson y del amable coronel Hayter, resuelve el caso. Los malvados Cuningham son encarcelados, y Sherlock Holmes deja perplejos con sus deducciones, como de costumbre, a todos los participantes en el caso. Un pequeño trozo de papel le dará la clave que le conducirá a la brillante resolución del complicado caso, logrando colocar en su sitio cada una de las piezas del rompecabezas, aunque esta vez con gran riesgo de su vida. Holmes termina la aventura en una envidiable forma que le hace decir: “Watson, yo creo que nuestro propósito de descansar en el campo ha tenido un éxito notable, y yo regresaré mañana con nuevas fuerzas a Baker Street.”

El relato se publicó con el título de The Reigate Squires, en junio de 1895, en “The Strand”, y el mismo año, con el título definitivo de The Reigate Puzzle, en “Harper’s”.

El jorobado

The Crooked Man. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, julio de 1893.

Como cualquier biógrafo que se precie, Watson inicia el relato situándonos en la época en la que sucedieron los hechos. “Cierta noche de verano, pocos meses después de mi matrimonio, me hallaba yo sentado junto a mi propio hogar fumando una última pipa y cabeceando sobre una novela, porque el trabajo del día había sido agotador.”

Una vez más, Holmes irrumpe en casa del doctor a horas intempestivas y sin avisar -no se puede pedir a un genio que respete las normas del común de los mortales.- En uno de sus alardes efectistas, deja perplejo a Watson y se autoinvita a pasar la noche en casa del plácido matrimonio. Resulta curiosa la reflexión que hace Watson sobre el aspecto de Holmes cuando, durante la conversación, entra en uno de sus acostumbrados trances: “Cuando volví a mirarle la cara, ésta había vuelto a revestirse de su impasibilidad de piel roja…”

Al día siguiente, logra que Watson, aguijoneado por la curiosidad, le acompañe a Aldershot para resolver el caso del extraño fallecimiento del coronel Barclay, de los Royal Mallows. A su llegada, ambos amigos se encuentran con la muerte de un respetado militar, felizmente casado, y sin móvil ni explicación aparente. Tras una discusión del matrimonio, cuando el servicio logró entrar en la habitación, el coronel yacía muerto en el suelo junto a su esposa, víctima de un desmayo. Al estar la puerta cerrada con llave y las ventanas igualmente cerradas, todo parece indicar que la esposa es la causante de la muerte del coronel.

Probablemente, en un caso real, sin un brillante Sherlock Holmes al que recurrir, la dulce Nancy Devoy, hija de un sargento de color, hubiese tenido serias dificultades para explicar los hechos. Pero en este caso Holmes está allí y solucionará con su habitual maestría y celeridad este caso, al parecer sin pies ni cabeza. Tras la investigación, quedará demostrado que la muerte del coronel se debió a un ataque de apoplejía.

El complejo de culpabilidad y la tensión del momento conducen al coronel a la muerte. Todo se reducirá al eterno caso de amor y celos de dos hombres compitiendo por la misma mujer, lo cual hará que Holmes compare el caso con el bíblico episodio de Urías y Betsabé. “Temo que mis conocimientos bíblicos estén un poco enmohecidos, pero puede usted encontrar esta historia en el libro primero o segundo de Samuel.”

Una vez más, Conan Doyle hace que Holmes, convertido en juez, silencie el nudo del asunto para evitar el escándalo que, en definitiva, perjudicaría más a los vivos que al muerto. La memoria del difunto quedará impoluta, a pesar de su canallesco comportamiento. A Henry Wood, el jorobado, le quedará el consuelo de pensar que su amada nunca dejó de quererle.

El paciente interno

The Resident Patient. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, agosto de 1893.

La acción se sitúa entre 1881 y 1887, y casi todas las ediciones incluyen un comienzo, que en realidad pertenece a The Cardboard Box (La caja de cartón), en el que Holmes realiza un número de adivinación leyendo la mente del sorprendido Watson. Existe también gran confusión respecto a la época del año en que transcurre el relato, ya que Watson habla de un octubre sofocante, con todo el mundo de vacaciones, y resulta difícil creer en un octubre sofocante en Londres y con la gente de vacaciones.

En el relato original, el caso comienza cuando Holmes y Watson regresan de un paseo al atardecer. Les espera un joven doctor del que, como es costumbre, el detective adivina varias circunstancias antes de haberle visto, con gran asombro del visitante. Una vez hechas las presentaciones, Watson reconoce en Percy Trevelyan a un gran especialista en enfermedades nerviosas, autor de una monografía sobre las lesiones del sistema nervioso. El doctor Trevelyan, tras haber finalizado sus estudios y trabajado como subalterno en el King’s College Hospital, obtuvo el premio Bruce Pinkerton por sus estudios sobre la catalepsia.

A pesar del brillante porvenir que todos le auguraban, al llegarel momento de instalarse, Trevelyan no poseía los medios para abrir consulta en de Cavendish Square, la exclusiva zona donde los mejores especialistas atendían a sus clientes. De pronto, un día se presentó un caballero apellidado Blessington, que le propuso dejarle el dinero para instalarse en Brook Street. A cambio, el doctor debía entregarle las tres cuartas partes de sus ganancias.

Una vez que Trevelyan abrió la consulta, Blessington se instaló como enfermo interno, alegando que su débil corazón exigía una vigilancia continuada. Todo iba bien hasta unas semanas antes, con la llegada de dos nobles rusos, padre e hijo, que deseaban conocer su parecer sobre una extraña catalepsia. Después de una primera e incidentada visita, habían regresado esa tarde y, tras su partida, el señor Blessington al volver de su cotidiano paseo, había encontrado que alguien había revuelto sus pertenencias, lo que le sumió en el pánico más profundo, rogando al doctor Trevelyan que fuese a solicitar la ayuda de Holmes.

El caso se complica con el aparente suicidio de Blessington, pero Holmes descubrirá el enigma: tras el nombre de Blessington se ocultaba Sutton, un bandido que había delatado a sus compinches en un famoso atraco al Banco de Worthingdon. Al salir de la cárcel, sus compañeros de fechorías habían acabado con él.

El vapor “Norah Creina” permite idear un final cómodo a Conan Doyle, que odiaba a los chivatos y que, en cierta forma, justificaba ciertas venganzas.

El intérprete griego

The Greek Interpreter. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, septiembre de 1893.

Este relato narra un extraño caso de ambición desmedida, en el que se ve involucrado un pobre personaje, por el mero hecho de ser intérprete griego. Una bella y adinerada joven griega cae en las redes de un malvado desaprensivo, que raptará al hermano de la joven para lograr hacerse con el dinero de la familia. Para entenderse con el cautivo, utilizarán al aterrorizado intérprete. Holmes descubrirá la trama, pero demasiado tarde, pues los malvados han huido y el joven cautivo ha muerto.

El caso en sí no tendría un interés especial, pero hay dos pasajes que merecen la atención. El primero es la descripción que hace Watson de Holmes al principio del relato: “La reticencia suya había venido a incrementar la impresión que me produjo de un ser sin humanidad, un cerebro sin corazón, tan escaso de simpatía humana como sobrado de inteligencia. Su animosidad a las mujeres y su aversión a formar amistades nuevas eran dos rasgos típicos de su carácter antiemotivo…” Detrás de estas palabras se ve más al autor harto de su personaje y dispuesto a acabar con él, que al afable aunque un poco quisquilloso Watson.

El segundo pasaje es la entrada en escena de Mycroft Holmes, ignorado hermano de Sherlock, del que dice: “Mycroft posee una facultad de observación superior a la mía; puede usted dar por sentado que lo que digo es una verdad exacta y literal.” Siete años mayor que Sherlock, Mycroft colabora con el servicio de inteligencia inglés, y dirige sus casos desde el extraño club Diógenes, punto de reunión de los seres más extraños de Londres. Conan Doyle, harto de su criatura, crea un personaje superior a Sherlock Holmes y que incluso trata a éste con cierta condescendencia. Duranto el relato, Holmes lo describe así: “Lo que dije es que él me superaba en saber observar y deducir. Si el arte del detective empezase y terminase en razonar desde un sillón, mi hermano sería el más grande de los agentes de policía criminal que han existido.” Es famoso el alarde que hacen los dos hermanos ante el pasmado Watson, mientras observan a la gente desde el ventanal del club Diógenes. Mediante la simple observación, deducen que un individuo que va por la calle con varios paquetes es un suboficial de artillería recién retirado, que había vivido en la India, viudo y con varios hijos.

El tratado naval

The Naval Treaty. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, octubre de 1893.

Watson sitúa el relato en el mes de julio siguiente a su matrimonio. El tratado naval es el más largo de los casos que componen Las Memorias de Sherlock Holmes y, según Watson, sin duda uno de los más interesantes. El doctor Watson pide a Holmes que socorra a un antiguo amigo de colegio, Percy Phelps, que ha acudido solicitando su ayuda. El señor Phelps, sobrino de Lord Holdhurst y con un prometedor futuro en el Foreign Office, ha visto truncadas sus esperanzas. Ha desaparecido de forma misteriosa un importante tratado naval con Italia, mientras lo copiaba en su despacho de Whitehall. Todos ignoraban que el tratado estuviese en su poder y, aparentemente, no había nadie en el edificio, pero el valioso documento ha desaparecido. Cuando Holmes y Watson acuden a casa de Phelps, éste se está recuperando de la crisis nerviosa que le ha producido el desgraciado incidente, que supone su ruina tanto profesional como social.

Holmes, tras estudiar detenidamente el caso, envía a Phelps con Watson a Baker Street. A la mañana siguiente sorprende agradablemente a Phelps al lograr que el tratado aparezca en su plato del desayuno. Una vez más, Holmes ha conseguido que vuelva a prevalecer la justicia y ha salvado el honor de su pais, ya que las consecuencias, si el tratado hubiese caído en manos de franceses o alemanes, hubiesen sido nefastas. Joseph Harrison, el futuro cuñado de Phelps, cargado de deudas, ha sido el responsable del robo. Holmes ofrece al malhechor la posibilidad de escapar, para evitar un desagradable escándalo.

En El tratado naval se presenta a un Holmes que ya conocíamos, desordenado -“encontrará usted tabaco dentro de la zapatilla persa”- y que toma notas en el puño de la camisa, para gran desesperación del espíritu castrense del doctor Watson. Pero hay un momento, que muchos seguidores consideran impropio de Holmes, en el que se dedica a filosofar, embelesado ante la belleza y el aroma de una rosa, como prueba de la existencia de la Divina Providencia. La verdad es que lo único que demuestra el incidente es la complejidad del carácter del gran detective del 221-B de Baker Street.

El “Strand” y el “Harper’s Weekly” comenzaron a publicar el relato en octubre de 1893, y en 1894 apareció en forma de novela, como Las memorias de Sherlock Holmes.

El problema final

The Final Problem. Arthur Conan Doyle. The Strand Magazine, diciembre de 1893.

El genial detective ha descubierto una conspiración criminal montada por un cerebro privilegiado al servicio del mal, el profesor Moriarty, al que el propio Holmes denomina “el Napoleón del crimen”. Para escapar de los atentados de la banda de Moriarty, Holmes pide a Watson que le acompañe en un breve viaje por Europa, hasta que Moriarty y sus secuaces caigan en manos de la justicia. Perseguidos por el malvado profesor, logran evadirse con la habilidad propia de Holmes. Una vez llegados al Continente -término con el que los ingleses designan al resto de Europa-, camino de Suiza se enteran de que Moriarty les sigue los pasos. Cuando se dirigen a las cataratas de Reichenbach, un falso mensaje hace volver al doctor Watson al hotel de Meiringen. Watson se da cuenta del engaño y regresa, pero sólo logra encontrar, junto al bastón y la pitillera de Holmes, una carta de despedida, en la que le indica que va a entablar un combate con Moriarty. Los signos del enfrentamiento indican que ambos han encontrado la muerte en las peligrosas cataratas. El desconsolado Watson regresa solo a Inglaterra, donde comunicará a todos la irreparable pérdida.

 

Tomo la pluma con tristeza para redactar estos pocos párrafos, que serán los últimos que yo dedicaré a dejar constancia de las singulares dotes que distinguieron a mi amigo el señor Sherlock Holmes.

Doctor Watson

El problema final

Conan Doyle estaba decidido a acabar definitivamente con Sherlock Holmes, y para ello crea un enemigo a su medida. El malvado que provoca la muerte de Holmes no puede ser un ser corriente: tiene que ser el rey de las tinieblas, un cerebro privilegiado al servicio del mal. De hecho, cuando Holmes habla de Moriarty, de sus palabras se desprende un deje de admiración. La entrevista entre Moriarty y Holmes en el 221b de Baker Street ya advierte al lector que va a asistir el enfrentamiento de dos seres poco comunes, separados por la raya que divide el bien del mal.

Un dato curioso que ya desvela claramente la intención de Conan Doyle de olvidarse de Sherlock Holmes para siempre es que Watson dice no haber oído hablar nunca de Moriarty. Años más tarde, cuando Doyle escribió la novela El Valle del Terror, al no poder resucitar a Moriarty, situó la acción cronológicamente en una época anterior. Por tanto, Watson debería haber conocido perfectamente la existencia del maléfico profesor.

También resulta extraña la referencia al miedo que sentía Holmes por las escopetas de aire comprimido, cosa que no se explica en ningún sitio. En El Problema Final, una vez más, Holmes hace alarde de su habilidad para el disfraz, apareciendo ante Watson transformado en una anciano sacerdote italiano.